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Carta para El Chato

por FerJCano

Quisieron mis parientes que difundiera la carta que le escribe mi tío Salvador Elizondo Pani a su hijo, el escritor Salvador Elizondo Alcalde, mejor conocido por «El Chato». QEDP.

También a su compañera de vida, Paulina Lavista le interesó conocerla, a la cual le mando un abrazo cariñoso.

Aquí se encuentra la genealogía de la familia narrada por él. Muy amena la forma de platicar las vicisitudes de nuestros antepasados.

Carta de Salvador Elizondo Pani a su hijo, EL Chato.

Mi pelón,

Como ya tocan a la puerta –acabo de cumplir setenta años que ya no tengo- quiero hacerte la crónica familiar, pues, aunque tú digas que la familia como institución es siniestra, quién sabe si una de mis nietas un día te pregunte algo sobre ella y sería mejor que pudieras contestar. Además, ha sido una familia muy pintoresca, en donde ha habido de todo. Gentes de gran valor, mediocres, tontos, borrachos rateros, maricones, locos, y lo que más ha abundado, mujeriegos; esta última cualidad hay que reconocerla.

Las cosas te las cuento como me las contaron, como las ví y como las viví. Pero como ya todo es un recuerdo y han pasado muchos años, quién sabe si mi punto de vista no se apegue exactamente a la realidad -ésta es una salida que me dejo, por si alguien reclama- pues el tiempo las distorsiona y la perspectiva ya no es la misma.

No trato de hacer literatura, menos contigo, ni hacer publicación de nada, pues que fuera de algunos miembros de la familia, a nadie le importan los Elizondo ni los Pani, especialmente a ti. Para mi la familia ha sido muy importante como marco de mi vida.

Parto de mis Abuelos y llego hasta mi generación, sin comentar sobre esta. No vale la pena.

 

 

 

Principio por la familia de mi padre.

Don Blas Elizondo, mi abuelo paterno, fue un español natural de Pamplona, España. Un Navarro. Poco sé de él, salvo que se dedicó al comercio en Aguascalientes y que debe haber tenido inquietudes de tipo literario, pues era el poeta oficial de la ciudad y tú tienes en tu biblioteca un libro con la recopilación de sus poesías. Prueba de ello es el nombre que le puso a mi padre, pues fuera de Shakespeare, en el Romeo y Julieta, no sé de nadie más que lo haya usado. Esto era molesto, pues siempre me preguntaban el nombre de mi padre, tenía que repetirlo, pues creían que bromeaba.

Como buen español que viene a América a ver qué pesca, contrajo matrimonio con Doña Josefa Sagredo, mi abuela, que pertenecía a una de las familias más conspicuas de la ciudad. Hermana de mi tío abuelo, don Carlos Sagredo, Gobernador del Estado y a quien recuerdo muy bien, porque siempre que venía a la capital nos visitaba y nos daba un peso, suma que entonces era enorme (siempre que escriba NOS o NOSOTROS quiere decir mis hermanos y yo) y porque más tarde descubrí que físicamente era idéntico a Lord Palmerston.

Mi abuela era físicamente imponente, lo que se acentuaba aún más por el enorme respeto con que se le trataba. Sus hijos le hablaban de “usted” y mi padre, ya con barba, no se atrevía a fumar en su presencia.

Mis abuelos paternos procrearon los siguientes hijos a quienes traté durante muchos años y por eso los recuerdo muy bien.

TIBALDO              Mi padre.

AURELIA              Soltera.

CARMEN              Casada con el escultor Jesús Contreras y quien formaba parte de la famosa Jauría de Don Justo Sierra (Chucho Urueta, Chucho Trillo, Chucho Valenzuela, etc.) Tuvieron tres hijos, mis primos Carlos, María Teresa y Rubén.

EMILIO                 Casado con Doña Carmen Perret y de quien tengo un buen recuerdo, pues siempre muy cariñoso con mi madre. Tuvieron dos hijas: Adriana y María del Consuelo.

FELISA                   Soltera.

JOSÉ                      Soltero, el famoso Pepe Elizondo, Pepe Nava, más bien. Seguramente el autor teatral más famoso de zarzuelas y revistas que ha tenido México. Bohemio empedernido, por cuya cama pasaron las tiples más conocidas de la época.

Cuando éramos chicos, todos los domingos comíamos en casa de mi abuela. Nos sentábamos a la mesa unas veinte personas, entre grandes y chicos.

Era una familia muy consciente de su abolengo español, de conexión con el porfirismo a través de Don Justo Sierra y del dinero de mi tía Carmen, con quien yo viví una temporada en Nueva York, junto con mi primo Carlos, que estaba por recibirse de Arquitecto en la Universidad de Columbia. Debo decir que mientras estuve de office-boy en el Bankers Trust, nunca se les ocurrió llamarme a su casa. Una vez que tuve los medios necesarios y pude pagar, insistieron en que fuera a vivir con ellos. Me llevaban la cuenta, para su respectivo cobro, hasta de los vasos de leche que tomaba, pues éstos no estaban incluidos en la pensión.

Tengo la sensación de que nunca encajamos bien con esta familia. Nos veíamos con frecuencia, eran muy afectuosos con nosotros, pero había “algo” que no conectaba. Pienso que la culpa de esto la tendría mi padre, quien se moría de risa de todas las pamplinas de aristocracia, hispanismo, estirpe, etc. Y no perdía la ocasión de hacérselos sentir y además en este medio se atrevía a sustentar ideas que ahora serían tachadas de comunistas. En donde se creía en Dios y se adoraba a Don Porfirio, mi papá, por molestar (¿A quién heredarías?) resultó revolucionario, pero ni siquiera partidario de Madero, sino de un asesino incendiario, hoy “héroe de la patria”, llamado Emiliano Zapata.

Era una familia como de “MUESTRA”, los hombres muy bien parecidos, rebozando virilidad, altos, fuertes, con la voz grave y las mujeres todas buenas mozas. Mi tía Carmen fue famosa por su belleza. A esto hay que agregar que nunca he conocido familia más bien educada. Su trato entre ellos y con extraños era realmente exquisita.

De toda esta familia ya tan solo quedamos, mi primo Rubén Contreras, mi hermana Consuelo y yo.

 

 

Ahora voy con la familia de mi madre, esto es más largo porque estuve ligado a ella y su influencia fue decisiva en todos nosotros.

El Doctor Ricardo Pani, natural de Pozzolatico cerca de Florencia en Italia, vino a la aventura a México y se estableció en Zacatecas, Zac. donde contrajo matrimonio con Mónica Letechipia. Procrearon los siguientes hijos, que menciono porque a todos los traté; a unos más y a otros menos.

JULIO                    Mi Abuelo. Casó con Doña Paz Arteaga.

ADELAIDA            Casó con un señor Manuel Darqui, abuela de mis primos, los hijos de mi tío Arturo.

VIRGINIA             Vivió siempre en Italia y casó con un Barón Nerli (en Italia todos son nobles, mientras no demuestren lo contrario). Tú conociste a una hija, nietos y biznietos de esta señora.

MARIANA           Casada tres veces, pero ignoro con quiénes. Siempre vivió en Monterrey, N.L.

MATILDE              Casada con un señor Ibargüengoitia.

CLEMENTINA     Soltera.

MANUELA           La famosa tía Manuela, luego verás por qué.

Hubo otro tío abuelo, cuyo nombre no recuerdo, al que no conocí y murió loco, según cuentan, porque una mujer con quien vivía en un rancho le dio TOLOACHE (SIC).

Con excepción de mi abuelo, quien falleció antes de que yo naciera, del tío embrujado y de la tía que se quedó viviendo en Italia, a todas las demás las traté bastante. Unas eran ricas y otras pobres, según la suerte que tuvieron en su matrimonio.

De mi tía Adelaida tengo un magnífico recuerdo, pues siempre fue extremadamente cariñosa con nosotros. A la tía Manuelita, la oveja negra de la familia, la quise bien.

La historia de la tía Manuelita ahora carecería de importancia, pero en su tiempo debe haber sido cosa gorda. Principió teniendo amoríos con su sobrino, mi tío Camilo, y con este motivo la mandaron de Aguascalientes a México a vivir con mi tía Adelaida. A la primera enfermedad que tuvo, se enredó con el médico que la atendía, casado, y sencillamente se fue con él. Ya te podrás imaginar; repudio familiar, su nombre no se volvió a pronunciar, fue tachada del árbol genealógico, etc.

Muchos años después apareció, viviendo en la miseria con un médico que no era el mismo de la primera fuga y que estaba loco furioso. Mis tías Paz y Elena se ocuparon para que entrara a la gracia de Dios, llevaron al cura de la iglesia del Espíritu Santo, y casaron a los pecadores. El novio no se dio cuenta de nada, pero loco, loco, cuando le preguntaron si estaba dispuesto a casarse dijo que sí, pero con quién y cuando le dijeron, contestó “que de acuerdo con el juramento de Hipócrates (SIC) su religión le impedía contraer matrimonio con esa señora: que le llevaran otra y entonces no habría problema”. Con todo y todo lo casaron y a los tres días, seguramente por estar ya en paz con Dios y la sociedad volvió a sus cinco sentidos, lo que aprovecharon las tías casamenteras para felicitarle por su boda. Ese día murió del susto.

Pobre tía Manuelita. Durante veinte años no pasó un día sin que las tías casamenteras no le echaran en cara las fugas amorosas, con toda la majadería de que eran capaces y a este respecto su capacidad era ilimitada. En el fondo seguramente existía la amargura de no haberse atrevido, aunque mucho lo hubieran deseado, a hacer lo que hizo la tía Manuelita. Tú la conociste muy viejecita.

 

Mi abuelo, Don Julio Pani era obviamente un aventurero. Hombre muy bien parecido, inteligente, culto, estudiaba ingeniería en Alemania cuando conoció en Paris a mi abuela, Doña Paz Arteaga, sobrina e hija adoptiva del Lic. Jesús Terán, ministro de varias Carteras en el Gobierno de Juárez y quien a la sazón se hallaba en Europa representando a aquél, entre otras cosas, para disuadir a Maximiliano de venir a México. Vio la oportunidad de su vida, contrayendo matrimonio con una señorita rica y no la desperdició. Se casaron en la Catedral de San Pablo en Londres y ya con una hija, al morir el Lic. D. Jesús Terán, regresaron a México y se instalaron en Aguas Calientes. Fue la familia más prominente que hubo en el Estado.

Nunca se supo que mi abuelo tuviera oficio o beneficio, como no fuera empresarios de corridas de toros, de tiples y demás. Se dedicó con gran éxito a acabar con la fortuna de mi abuela que no era poca cosa, pues solo haciendas tenía Potosí, Charco del Toro, Chichimeco, y Los Cuartos. La primera, en aquel entonces, se vendió en $200,000. Después de todo, trasplantar a una persona de Berlín, París a Aguascalientes- donde según mi tío José, “debía estar Londres”- no podía traer ningún buen resultado. Acabó borracho, tuerto, cojo, lleno de cicatrices y todo esto adquirido en aventuras de callejón. Cuentan que golpeó a un pacífico ciudadano por el simple hecho de llamarse ANACLETO. Así se las gastaba este señor venido de Pozolático.

Mi abuela fue una mujer excepcional. Para hacer su retrato se necesita escribir un libro y esto ya lo hizo, con bastante acierto, el tío Arturo. De lo que fue su vida basta con imaginarse lo que fueron su esposo y sus hijas solteras, con las que vivía. De éstas, te platico más adelante.

Mis abuelos maternos tuvieron quince hijos, de los que crecieron diez y yo conocí a ocho.

Julia.- Casada con Don Tomás Felgueres y padres de mis primos Gonzalo, Dolores, Enrique, Ricardo y Paz. Ésta fue una tía muy querida por nosotros. Mujer muy inteligente, activa, capaz. Muy adelantada a su tiempo en ideas y acción. A sus hijos “Los Felgueres” siempre los consideramos y los tratamos como hermanos, o como se supone que éstos deben tratarse.

Camilo.- Casado en primeras nupcias con Doña María Otálora, con la que tuvo una hija, María Teresa. De aquélla se divorció y posteriormente casó con doña Laura Calderón, quien todavía vive.

Fue el primer divorcio en la República Mexicana.

El tío Camilo fue una persona muy agradable. En realidad de todos fue el único simpático. Muy “querendón” y apegado a la familia. Su segundo matrimonio le ocasionó muchos sinsabores, pues con excepción de mi Madre, nadie quiso recibir a su segunda esposa, lo que le ocasionó un distanciamiento casi absoluto con sus hermanos. Esta situación le afectó mucho moralmente. Toda su vida fue un alto empleado de los Ferrocarriles y por largo tiempo, senador por Jalisco.

Paz.- Soltera.

Elena.- Soltera.

Mis tías Paz y Elena fueron dos solteronas de las que mientras menos se diga es mejor. La primera navegaba con bandera de santa, pero era una histérica que cada tercer día dizque se “estaba muriendo” y se empezaba a despedir de uno por uno y a pedir encargos para el otro mundo. El que le hizo a mi madre fue fabuloso: “Me saludas a mi mamá”.

Mi tía Elena a las once de la mañana ya estaba en completo estado de ebriedad y era borracha a la mexicana, pendenciera, insultante y siempre tratando de ahorcar a mi tía Paz, que como era santa, se dejaba ahorcar, se dejaba ahorcar y entonces interveníamos para separarlas y ya que lo lográbamos, entonces, la santa quería obligar a la borracha a que la ahorcara y a ésta ya no le daba la gana hacerlo y con tal motivo le propinaba una serie de pellizcos que la traía toda morada. Vivimos ocho años con estas tías que fueron un infierno para mi mamá y mis hermanos. Yo a los cuatro años de que esto principió me fui a los Estados Unidos. No aguanté.

María.- Mi madre.

Alberto.- Casado con doña Esther Alba. Tuvieron dos hijos: Mi entrañable amigo Alberto -Rico- y Consuelo.

Durante casi un cuarto de siglo figuró en primera línea en la política mexicana, fue Subsecretario de Educación, Secretario de Industria, de Relaciones y de Hacienda; Embajador en Francia y España. Podría clasificarse como el EJECUTIVO de la Revolución, según dice mi primo Mario. Fundó el Banco de México, el Banco de Crédito Agrícola y el Banco Hipotecario. Fue el autor de la ley más revolucionaria que se haya promulgado durante los últimos sesenta años, más revolucionaria aún que la Ley Agraria. Me refiero a la Ley del Impuesto sobre la Renta.

Arturo.- Casado con su prima hermana doña Dolores Darqui, Hija de mi tía Adelaida. Tuvieron cinco hijos; dos niñas que murieron de un año de edad y mis primos, Mario, por quien tengo un gran afecto; Oscar y Arturo.

De mis tías políticas, aunque lo era doblemente por ser prima hermana de mi mamá, mi tía Lola Darqui, como cariñosamente le llamábamos, fue una mujer excepcional. Inteligente, culta, buena, no le conocí sino puras cualidades. Muy afectuosa con todos nosotros y especialmente conmigo. Los únicos juguetes que tuvimos de niños, siempre fueron regalo de ella. Tuve la suerte de vivir en Europa en casa de mis tíos Arturo y Lola y fui espectador en primera línea de cómo reaccionaba a las cosas buenas y malas. Siempre con la precisión justa en el ademán y en la palabra y te aseguro que a veces no debe haberle sido fácil, pues lidiaba con personas muy difíciles.

Mi tío Arturo merece mención especial. Varón fuerte y noble. Con la reciedumbre de los llanos de Castilla y el Espíritu gentil propio de las colinas toscanas. Peregrinó por todo Europa y el Cercano Oriente y regocijándose en plazas, museos, palacios y castillos, como buen humanista, lo que más le interesó fue el ser humano; es decir, “El Hombre”. Pintor sin pintar, músico sin tocar ningún instrumento; poeta sin hacer versos. De haber vivido en Florencia en el siglo XV, hubiera sido uno de los elegidos para subir por la escalera más hermosa que ha concebido la arquitectura de todos los tiempos: “La Scala del Barghello” en el Palacio de la Capitanía. Pudo haber sido amigo de Piero, de Cósimo o de Lorenzo. Era el tipo Clásico del Renacimiento, con los pies bien plantados en el siglo XX.

Escribió un hermoso libro: “Una Vida”, un canto de amor filial, haciendo una semblanza de su Madre, por quien tenía verdadera veneración. Recuerdo que siendo niño, toda la familia, grandes y chicos, se reunía los domingos a merendar y en una ocasión, al llegar a saludar a su Madre, ésta le besó la mano y le dijo: “Arturo, por ser quien eres”. Esto nunca lo olvidó y pasados muchos años, y con esa obsesión repetitiva de los ancianos, frecuentemente me decía “Te acuerdas cuando mi madre…” Claro que me acordaba. Creyente, sin practicar, todas las noches rezaba una oración que su madre le había enseñado de niño.

Pudo tener poder y no lo quiso. Pudo tener riqueza y la desdeñó. A este respecto recuerdo que siendo Cónsul General de México en Milán, le fue ofrecido un puesto de embajador en Roma, lo que significaba un importante avance social y económico, pero no aceptó, considerando que las obligaciones mundanas que obviamente implicaba el cargo, serían perjudiciales para la educación de sus hijos, pues no tuvo más ambición, ni se fijó otra meta en su vida que la formación de éstos.

 

Fue un verdadero “Pater Familias”; pero no tan solo de sus hijos, sino de todo aquél que llevara el apellido Pani, y en muchas ocasiones, hasta de sus amigos, incapaz de un gesto físico de cariño, por dentro era todo ternura y no había problema material o anímico de cualquiera de los miembros de su familia que no lo hallara con la mano tendida. A él se acudía en todas las situaciones difíciles, a las que muchas veces se anticipaba. Alguna vez me dijo que hubiera querido ser, siquiera por un momento, el hombre débil que pudiera apoyarse en alguien, pero consideraba que un acto de debilidad suyo traería el desquiciamiento de toda la familia. Esto que parecía pretencioso de su parte, no era sino visión clara de la realidad, pues a su muerte, no quedaron ni hermanos, ni primos, ni sobrinos; toda la familia se desintegró.

En sus últimos años platicaba frecuentemente con mi Madre haciendo reminiscencias del terruño, de los viejos amigos de la familia. No iba “A la Recherche du Temps Perdu” pues consideraba que su vida había sido plena, llena de satisfacciones, aún cuando seguramente algún pinchazo se había llevado entre las espinas del Zarzal. Cosas de la vida.

Casualmente fui su pariente, pero tuve el privilegio de ser su amigo y los años pasados no me han hecho cambiar la perspectiva con que siempre lo vi. Éste era ARTURO PANI. Don Arturo. El Chato, como cariñosamente lo llamaba mi Madre.

Julio.- Casó con doña Dolores Cano y tuvieron un hijo, Carlos, mi mejor amigo.

Mis tíos Camilo, Alberto y Arturo fueron ingenieros civiles y mi tío Julio, aunque hizo la carrera, no llegó a recibirse.

Mi primo Enrique, irónicamente clasificaba a los tíos de la siguiente forma:

Camilo: El más simpático

Alberto: El más hábil

Arturo: El más inteligente

Julio: El más bien vestido… y ni eso.

Aquí caben algunos comentarios de conjunto con respecto a la familia.

Desde que mi tío Alberto se encumbró en la política, todos los hermando, en el subconsciente, se sentían ministros, y de repente, sin saber no cómo, ni por qué, se convirtieron en aristócratas, pero no de la revolución, que también tuvo su aristocracia de bigotones y empistolados, sino, ¡Oh, sorpresa! De la porfiriana. Empezó el “name-dropping”- Limantour, Landa, Parada, Escandón, etc. Y en realidad la única que hubiera tenido derechos de ello, era mi tía Lola Darqui, que si trató a estas gentes, sobretodo  a las del sexo femenino que fueron sus compañeras de escuela. Esta trajo como consecuencia una marcada división en la familia, en dos grupos:

  1. Los aristócratas, ricos o pseudorricos pues la verdad es que con excepción de mi tío Alberto, no tenían ni un “timón”, y
  2. Las mujeres, las pobres y plebeyas.

Mis tíos visitaban y atendían a mi mamá y a las tías, pero éstas nunca ponían un pie en casa de aquellos. No “vestían” y obviamente no hubieran sido bienvenidas. Nunca se supo de una de las hermanas que hubiera asistido a ninguna fiesta, recepción, etc., de mis hermanas. El único lugar a donde llegaban a reunirse todos, era en los panteones cuando alguien fallecía.

A mí, y no sé por qué, me tocó estar “A CHEVAL” en los dos grupos. Obviamente pertenecía al de los plebeyos -hijo de mujer Pani- pero siempre tuve un pie en el grupo de LOS “aristócratas”.

La verdad es que, a este respecto, Los Pani fueron tan solo unos advenedizos, pero con la suficiente “madera” para no hacer el ridículo. Inteligentes, cultos, distinguidos, y con una capacidad amatoria, que si se empiezan a contar anécdotas no se termina nunca. Mi tío Camilo, que ya fallaba en ese aspecto, se llenó de píldoras cuya reacción por un lado puede que haya sido positiva, pero por el otro fue completamente negativo, pues le vino una anemia , que a la primera gripa que le dio, se murió.

Mi tío Alberto estuvo a punto de que lo encarcelaran en Estados Unidos por violar la ley “MAN”. Lo salvó mi tía Esther, su esposa, quien tuvo que dar una carta al juez de que la “interfecta” era su gran amiga (de ella).

Mi tío Arturo, en París, repito, en París –no en Ixtlahuaca-, arrendaba un teatro para él solo como espectador, para que le bailaran y le tocaran el violín (no es albur).

Mi tío Julio se pasó dos días en cama reponiéndose de los golpes que se dio al rodarse las escaleras de la parte de servicios de su casa, por andar incursionando entre el sector femenino.

Eso en la superficie y en el fondo, Grandes Tipos.

 

De todo lo que te he platicado, ahora viene lo que realmente me interesa: Mi Padre y mi Madre. Tus Abuelos Paternos.

Mi Padre, don Tibaldo Elizondo Sagredo, nació en la ciudad de Aguascalientes, Ags. Probablemente en el año de 1869 y murió en México en 1916 de una pulmonía. Era un individuo que medía cerca de 1.90 m, de constitución muy fuerte; usaba barba muy bien cuidada y durante sus últimos años cojeaba a resultas de un balazo que le dieron y que en realidad yo nunca supe en qué circunstancia, pues siempre que se mencionaba el asunto, la versión era distinta. Lo más probable y dado su carácter, es que haya sido en algún pleito, por más que había la versión de que la herida la sufrió en el “campo de batalla” durante la Revolución, y esto debe haber sido un cuento, como el que les hago yo a mis nietas, de cuando cazaba leones, elefantes y demás fieras.

No he conocido a nadie que tuviera una personalidad tan contradictoria. Terriblemente violento de su casa para afuera. Siempre andaba metido en pleitos, probablemente abusando de su constitución física. Ya te he contado que en las fiestas patrias y demás celebraciones, cargaba con todos nosotros, más unos Felgueres y amigos a desfiles y romerías populares y nadie, pero absolutamente nadie podía rozarnos, lo que en esos tumultos era un poco difícil, así que el paseo terminaba, cuando menos, con la presencia de un gendarme, que acudía a meter orden, pues los golpes de mi padre empezaban a volar por todos lados. En aquel entonces, la policía usaba polainas, blancas los domingos y mi papá gozaba picándoselas con un bastón, diciéndoles que se les salían los calcetines -ya te imaginas los resultados-. Yo lo ví dejar tendido de un solo golpe a un individuo que le apuntaba con una pistola y sin inmutarse, recoger ésta que fuimos a vender en el mercado.

Por el contrario de su casa y con su familia era una blanca paloma. Adoraba a mi madre al grado de no aceptar que subiera escaleras, pues él lo hacía cargándola. El dominio de aquella sobre él era absoluto.

Era extraordinariamente cariñoso con sus hijos, a los que les tenía una paciencia extrema, sin violentarse nunca, ya te conté de las comidas en casa de mi Abuela Paterna. Al terminar éstas, cuando había “con qué” siempre nos preguntaba ¿a dónde quieren ir? Y la respuesta era siempre la misma: AL TEATRO; pero este teatro no era cualquiera, pues tenía que ser el Arbeo, donde representaban piezas de 16 o 18 actos y que por sus títulos ya podrás imaginártelas: “Los Tres Mosqueteros”, “Enrique de Lagardere”, “Los Mosqueteros en el Convento”, etc.

https://www.isliada.org/libros/el-jorobado-o-enrique-de-lagardere/

Las funciones principiaban a las 4 p.m. y terminaban como a las 8 p.m. Pero lo bueno para los muchachos y seguramente desesperación para mi papá, era que si cuando terminaba la función, después de cuatro horas, estaba lloviendo, salía el primer actor y anunciaba que en vista de la lluvia se haría una colecta entre el público y se repetirían los cuatro actos. Mi papá se aguantaba todo eso.

Nunca me castigó físicamente y creo que en ninguna otra forma.

Fue completamente irresponsable, e ignoró por completo sus obligaciones familiares para con su familia. No le importaba si se comía o no. Tel parece que se propuso no trabajar y consiguió plenamente su objetivo y cuando lo hacía quién sabe qué pasaba con el dinero, pues éste no se veía por ningún lado. Batió el récord en el sentido de que desde que se casó hasta que se murió, su familia vivió en la miseria más sórdida que nadie puede imaginarse, con el agravante de que era una miseria avergonzante, pues por parte de Padre y de Madre familias “aristócratas”, aunque esto “fuera de pega” y asistíamos al mejor colegio de México (no nos cobraban), donde el alumnado obviamente pertenecía a familias pudientes económicamente.

De mi niñez tengo tres recuerdos perfectamente definidos:

  1. Nunca había de comer
  2. Nunca tuve zapatos (por eso hace muchos años que siempre tengo más de treinta pares)
  3. Fui un niño completamente feliz. Siempre hice lo que me vino en gana y mis padres no se atormentaron -como es costumbre con “límpiate los dientes”, “péinate”, “A dónde fuiste”, “de donde vienes”, “ya hiciste la tarea?” desde que yo recuerdo, me manejé como quise sin que mis padres, como es usual, hicieran todo lo posible por castrarme.

El matrimonio de mis padres fue absurdo, tanto físicamente – mi mamá medía 1,54 como moralmente y en realidad… fue una trampa para mi mamá.

Tuvieron seis hijos:

Jorge

Carlos

Salvador, tu mero Padre

Julio, murió a los diez años

José

Consuelo

Mi madre fue la niña consentida de la suya y de sus hermanos, y hasta su matrimonio vivió en un ambiente muy agradable y de amplitud económica. Al casarse, aquí viene la trampa, se vinieron a vivir a México, a un cuarto redondo, sin más mobiliario que un colchón, que de día se enrollaba y servía de sofá, dos sillas y una mesa de cocina; pero no dijo nada, se aguantó y esto lo descubrieron sus hermanos cuando vinieron a estudiar a México. Desde entonces, repito, vivió en la más absoluta miseria hasta que enviudó.

Fue una mujer inteligente, bondadosa, extremadamente tímida, y sin ninguna preparación para enfrentarse a la vida. Creyente y practicante sin fanatismo y odiando todo lo que oliera a cura. Alguna vez, ingenuamente, me confesó que todas las noches rezaba un Padrenuestro por todas aquellas mujeres que le hubieren dado a sus hijos un rato de alegría. Yo me imagino que a la hora del reparto de esta oración bastante poco debe haberles tocado por cabeza.

Nunca una queja, nunca un comentario desfavorable para mi Padre. Siempre tratando de ocultar la verdadera situación y lo más notable, siempre alegre, alegría que se le fue acabando y que no regresó sino muchos años después, cuando ya sus hijos eran grandes.

No recuerdo haberla visto llorar, sino en tres ocasiones. Una vez que me despachó a la escuela sin haberme dado el desayuno, porque no había qué; cuando murió mi hermano José y cuando regresé de Europa, esta vez de alegría.

Por cierto que eso del desayuno acabé solucionándolo. Descubrí que en la escuela a los que comulgaban les daban de desayunar, así que “a comulgar se ha dicho”, y lo hacía todos los días con lo cual además de solucionar el problema de alimento, ayudaba con los curas, que tomaban en cuenta mi súbita religiosidad, a mejorar mis calificaciones. Desde entonces no comulgo; prefiero desayunarme en mi casa.

Mi mamá concentró toda su vida en su Madre, a quien adoraba, y a sus hijos. No sé si exageraba cuando decía que había tenido seis hijos y “ninguno feo”.

A la muerte de mi Padre, a los tíos Alberto y Arturo, a los que por tradición no podía negárseles nada, tuvieron la maldita idea de que fuéramos a vivir con las tías Paz y Elena y así se hizo. ¡Qué tragedia! Estoy seguro de que mi Mamá hubiera preferido las miserias de antes, sobre todo por darse cuenta en qué medio y con qué ejemplo vivían sus hijos. Seguramente los peores años de su vida -ocho largos años de vivir con esas arpías.

Mientras tanto, mis hermanos y yo fuimos creciendo y llegó el momento en que todos trabajamos y ya entonces pudimos independizarla y desde entonces vivió -casi treinta años – sin ninguna necesidad material, respetada, con el cariño de sus hijos y mimada por cada uno de ellos, a su manera. Murió a los ochenta años. Tú la conociste y trataste bastante.

Por mi parte creo en Dios y en mi Madre, aunque no precisamente en ese orden.

De mí no te cuento nada, pues aparte de que conoces mi vida y milagros, no he querido tocar a la tercera generación. Una cosa sí te digo, no he vivido como una ostra. Mi vida ha sido plena.

En resumen esta es una sucinta historia de mi familia y de la tuya, quieras o no.

Mucho cariño.

Tu padre.

 

 

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