Inicio NovelaLibro La Mirilla 25- Atravesando los desfiladeros 6

25- Atravesando los desfiladeros 6

por FerJCano

Sexta entrega

Cruzo un número de desfiladeros a diario. Así los nombraremos porque en cada una de ellas intervienen diversos factores que se repiten, donde se está más cerca de la muerte con el más mínimo error o desconcentración; son como misiones o cruzadas o sueños por conquistar que me permiten imaginar el mundo desde lo más íntimo, como un transeúnte que observa a detalle lo que es cotidiano para convertirlo en relato, dándole así un sentido casi místico a la rutina.

Los clasifiqué así también no solamente porque casi todos fueran peligrosos en sí; lo hago para vencer mentalmente, cotidianamente, la insufrible repetición de salir de noche aun cuando apenas va despertando el mundo y regresar hecho una madeja de emociones alteradas.

1.- Mi día comienza a las cuatro y veinte de la mañana para alistarme, salir y llegar puntualmente a impartir mis clases de inglés. La alarma suena. Mis primeros movimientos son hacia la alarma colocada a la distancia exacta de mi brazo izquierdo estirado. Salgo del sueño a donde todo es fantasía, así me lo he propuesto para mi beneficio mental; es la única actitud que mantengo para no involucrarme por completo en el ritmo frenéticamente ruidoso, agitado, repetitivo de la ciudad antes de girar abruptamente sobre mi propio eje y transformar de nuevo mi vida. La puntualidad inglesa, viene a mi memoria…

Al sonar la alarma, me levanto y enciendo la cafetera previamente preparada la noche anterior, prendo la televisión para ir despertando con el bullicio que no me deja dormir y que mantiene mi atención en otra frecuencia o que trata de abrir paso a la conciencia adormilada aún. Tomo café, me preparo para el baño con todo lo necesario para hacerlo en el departamento de mi madre tres pisos abajo, aún es muy temprano y no quiero despertar a nadie. El proceso de mi higiene es ágil porque mi tiempo siempre es muy justo.

2.- Cuando salgo a la calle, la luz artificial no ha sido apagada, aún no dan las seis en el reloj. Me convierto en un caminante solitario de calles oscuras que anticipa las cuarteaduras e irregularidades sobre la banqueta de una calle que comunica con la estación más cercana del transporte subterráneo; aceras totalmente fracturadas, irregularidades causadas por las raíces de jacarandas que, rebasando los límites concebidos por el hombre en un espacio determinado, se niegan a dar el paso confiado a sus caminantes. Las flores lilas de las jacarandas derramadas sobre el pavimento me recuerdan a mi ciudad natal cada mañana, eso me consuela.

La soledad es absoluta, la calle está prácticamente desierta a esa hora. En el metro, un pasajero o dos convergemos en el mismo punto cuando entramos al transporte por el mismo lado. Los vendedores ambulantes hacen su arribo a las entradas del servicio del subterráneo, los vehículos pasan a toda velocidad y los autobuses y combis que se detienen a cargar el pasaje lo hacen hasta retacarse en sus intestinos (es lógico que al conductor le conviene hacer cada viaje a lo máximo de capacidad).

Camino por la calle cuidando mis pasos, volteando a menudo para no ser sorprendido de mala manera. Siempre llevo gorra negra cuando camino a solas por la calle, pienso que es mi disfraz para confundirme entre los millones de obreros que deambulan a toda hora (muchos usan gorra por la mañana). En realidad, tiene doble función el uso de este accesorio, la otra es mantener la cabeza caliente para evitar enfriamientos repentinos. Mis pasos son rápidos y extendidos, sin detenerme ni distraerme, manteniendo firme el objetivo de llegar lo más pronto posible. Hago mi invocación a Guan Shi Yin, un Bodhisatvha protector donde mayor silencio se percibe.

3.- La entrada al transporte subterráneo la hago desde la terminal de autobuses. A esas horas hay más personas por ese lado, más movimiento, más actividad. Cruzo la avenida aún sin los semáforos encendidos, lo hago a la velocidad de mis pasos largos, algunas veces midiendo casi milimétricamente el paso de un vehículo con los faros encendidos, y sigo mi camino rozando escasamente algún auto. No me gusta detenerme ni disminuir el ritmo, pienso que te conviertes en “un pato dormido” como en las cacerías, en algún ser inerme digno de abuso o de violencia, una víctima más -se leería en el periódico-; y es que con tanto enajenado de la ciudad o por la misma agitación con la que los vendedores ambulantes llegan a la cercanía de la estación, quienes organizan su vendimia a esa hora de la mañana, lo hacen sin contemplar su entorno, por la basura que producen y concentrados únicamente en lo que venden, se mueven bruscamente entre las multitudes y son capaces de originar accidentes, o también asaltando a sus usuarios, a los pobres siempre les toca.

4.- Inserto mi boleto en el torniquete y comienza la diversión. Busco el lugar adecuado del tren, donde menos personas viajen a esa hora, y aunque es difícil no fallar, yo ya elegí el espacio del andén donde he de esperar el próximo viaje.

Ya instalado miro personajes de todo tipo y color. La señora que en la época más fría del año transporta a su vástago en busca de una buena educación, y lo lleva con el cabello engomado y totalmente pulcro, guantes y gorro de estambre con los colores de su equipo de fútbol favorito. El obrero dormido, estratégicamente sentado de costado recargando la cabeza en el cristal. Hay muchos estudiantes, algunos con audífonos, chamarras y mochilas pesadas, se reconocen entre ellos dentro del vagón y viajan juntos. Los burócratas, enfrascados en algún periódico sensacionalista y visualmente atractivo, disponible para cualquier bolsillo. Muchas damas van comiendo y otras pintándose, lápiz en una mano y espejo- polvera en la otra.

Miro a los amantes deseosos o a ladrones disfrazados. Algunas veces, encuentro u observo mujeres guapas o de buenos y torneados cuerpos solas, prefiero fijar mi vista en ellas. En los vagones se puede ver de todo; músicos, académicos, oficinistas, obreros, vendedores, locos, cuerdos, escrupulosos y sin escrúpulos, limpios y sucios, gente humilde y la que pretende imitar con su atuendo un buen status quo. Pululan también los vendedores ambulantes con versiones pirata de CD’s hasta con 200 canciones de famosos cantantes o de grupos musicales…los audífonos tan necesarios en los viajes, herramientas multiusos, crema para las reumas o lo que jamás pensabas que podías encontrar.

Una línea del servicio subterráneo en particular me ha provocado escalofríos: ahí se cuelan hombres que han perdido todo, hasta la razón, y que suelen arrojarse sobre una manta llena de vidrios y cristales extendida sobre el piso; se recuestan en los pasillos del vagón, su abdomen y espalda descubiertas sobre la capa de cristales y vidrios de botella o frascos frente a los viajeros impávidos; terminado su degradante espectáculo recorren el vagón pidiendo al público donar unas monedas para continuar (en el vicio) en la vida. Pienso que sería imposible que una persona en sus cinco sentidos pudiera cometer este tipo de actos frente a un auditorio tan disímbolo de no traer algo dentro de su organismo.

Durante uno de tantos viajes, un vagabundo viajaba acostado debajo de un asiento para cuatro personas que desde varias estaciones atrás habrá abordado. Estaba totalmente perdido, perdido además en la vorágine citadina. A pesar de la falta de asientos, ¡nadie se atrevió acomodarse ni a pasar por ahí por el temor a ser golpeado o siquiera rozado por él! Se convertiría en una pesadilla que asediaría al más audaz.

En dos ocasiones, dentro del vagón en que yo viajaba, aparecieron súbitamente dos personas golpeándose, simplemente por haberse empujado al entrar, cambiar de sitio, ganar el asiento o nada, simplemente es odio acumulado. En ambas instancias los pasajeros nos quedamos quietos para no ser víctimas de un tipo de lunático matutino con actitud nefasta ante la vida por delante.

En el abismo negro de mis recuerdos del metro, yace uno de impacto indeleble: un hombre alcanza a otro que va en sentido opuesto a él y le asesta una patada y un puñetazo. Luego, los dos siguen su camino como si nada hubiera pasado. Buena historia se puede suponer ante tal agresión; no sabemos si es algo común, si se perdona por no tener otra alternativa; nunca sabremos si uno de ellos se preocupó por hacerle la vida imposible al pateado o si fue le primero quien estropeó la vida del pateador. No hubo mayor discusión ni siquiera confrontación, por lo que supongo era una vendetta o desquite de otros tiempos.

5.- Así, mientras hago un reconocimiento a mi entorno, saco mi libro y disfruto la lectura. Cuando se acerca la estación del trasbordo lo cierro y medito acerca de lo que leí, su contenido, su contexto, valor, en esta ocasión ha sido una generación de mujeres -abuela, madre e hija- quienes lograron escapar del régimen dictatorial en la China comunista, cómo sobrevivieron la abuela y la madre en momentos de angustia y miedo, con sus tradiciones, su filosofía de la vida, los cultos y ceremonias…Aparece en mi mente la coincidencia con la señora Ge, su madre y sus dos hermanas en pie de guerra para defender lo que por herencia les corresponde. Siete estaciones pasan y debo enlazarme con el tren que viaja al oeste de la ciudad.

En esta metrópoli que alberga cerca de 22 millones de habitantes, los colapsos en el sistema de transporte público siempre están latentes; el sindicato solicita aumentos, los usuarios piden certeza en los horarios y mejor mantenimiento a los vagones, la multitud, convertida en masa impensante es un polvorín que en cualquier momento puede estallar, y todo, todo puede pasar.

6.- Al llegar a la estación en la que desciendo, sé que encontraré el transporte de la escuela (en esta parte de mi vida soy profesor de inglés para un colegio de judíos). Pero cada mañana en ese mismo horario también sé que los pasillos de la estación se estrechan conforme se encuentran dos masas de hombres y mujeres que vienen de sentidos opuestos hasta encontrarse frente a frente. A pesar de estar definidas las direcciones de los pasillos con letreros luminosos colocados estratégicamente, se respira una tremenda prisa y confusión en aquel ambiente. Sucede a menudo dentro de ese lapso, todos deben de llegar a tiempo al otro extremo de la ciudad, como en mi caso.

En realidad se trata del sistema más confiable para llegar a la meta, una hora de trayecto previamente programado, y recuerdo de nuevo la puntualidad de mis abuelos Jorge y Consuelo. Creo que la verdadera puntualidad la aprendí con ellos, a pesar de ser el primer hijo de ambos primogénitos -mi madre y mi padre. Mis abuelos consideraban que la puntualidad no es aquella que puede ser burlada, sino que exige enfoque, bajo cualquier circunstancia. Se tiene o no se tiene; se hace en el día a día con las cosas más simples, observando, practicando y aprovechando lo que nos es dado, crece como la sabiduría de cada uno, por saberse parida de ese valor que nos define como puntuales…Dos trasbordos en estaciones satélites desde que salí, en un trayecto sin contratiempos corresponde a una hora completa.

7.- Al llegar a la terminal busco de inmediato la salida más cercana en la zona donde estaciona el autobús escolar para docentes, son ríos, oleadas de personas junto a mí; subo los 76 escalones de prisa, al paso, pero si puedo dar saltos lo hago, esquivo a lentos rumbo al mismo túnel, al paso, bajo las escaleras corriendo, haciendo caso omiso de vendedores en los corredores. Al salir a la calle, busco el final de la fila para abordar el autobús y saludo a los que me preceden, miembros del mismo gremio. Durante ese lapso, el que espera al autobús escolar ha visto seres infrahumanos que desde la noche anterior deambulan por la zona. Lo más curioso es cuando uno percibe los olores de los desechos acumulados al final del pasillo poniente; un día tuvimos problema para hacer la fila porque un hombre andrajoso, ropa desgarrada, cabello enmarañado estaba tendido como fardo sobre la banqueta en la cual esperábamos. De primera instancia era difícil saber si aún vivía, pero en cuanto comenzó a salir el sol, se levantó y voló como un vampiro.

8.- Subimos al autobús con la consigna de llegar media hora antes de las siete de la mañana. Aunque existen varios caminos para llegar a la parte más alta de la ciudad, donde está la escuela. El recorrido se hace muy lento por la gran cantidad de autos que viajan al estado vecino y que utilizan esa vía para salir a la autopista por ser la más rápida. Si tenemos suerte con el chofer designado – no siempre llega el mismo chofer- podremos dormitar hasta llegar a las sinuosas curvas, de otra manera tendremos que ir alertas y despiertos por los bruscos movimientos del vehículo al cambiar de carriles o pasar un tope de manera abrupta, sin disminuir la velocidad.

9.- El reloj checador es totalmente insensible a nuestras vicisitudes cotidianas y juez sin compasión. Tres retardos significan un día menos de sueldo para estos propietarios del colegio que tan preocupados por el dinero siempre están y no por la educación. Este trabajo me lo consiguió ella, la señora Ge, lo agradezco como aprendizaje y medio de sustento, tengo incontables anécdotas de su alumnado -buenas y malas, como en todos los colegios-. Este colegio en particular era muy especial por recibir solamente a una de las migraciones de judíos a México, cosas de ellos.

La diversión se termina aquí. La intensidad del desempeño docente en esta institución me dejaba drenado física y mentalmente además de contar con los traslados obligados.

Los estudiantes simplemente se negaban a respetar el salón de clases con el maestro de inglés incluido porque lo consideraban poco importante en su formación, no lo necesitaría un heredero de fábricas de ropa, comercializadora o cualquier otro negocio millonario. Mi materia tenía muy poco aprecio, no era tan importante como lo son las matemáticas,  la historia; sólo por el solo hecho de provenir de Ge, era mucho más importante hacerlo.

Mi regreso se aproxima a las cinco de la tarde con lo que me resta, y los desfiladeros se repiten cinco días a la semana.

Fin de los desfiladeros.

Imagen cortesía de @Locamex.net

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