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72- Tuve una visión la otra noche

por FerJCano

Tuve una visión la otra noche, dentro de mi sueño quise soñar de nuevo, imaginarme dentro del mismo sueño, del cómo percibo el infierno. A dominar al subconsciente y obligarlo a rendirse, aunque sea por unos instantes.

Descendía en un profundo túnel con dirección hacia lo más recóndito, imposible decir hasta dónde llegaría; primero se percibían las capas de la tierra que mi padre intentó enseñarme desde un año de nacido, arenas, grava, tepetate, tezontle, como las conozco de él, fue la primera vez que escuché esas palabras, a los 3 años, lo puedo recordar claramente.

Me gustaba que mi padre me llevara a las obras que tenía en construcción, eran aventuras que para un niño serían hazañas universales. Yo era como su mayor orgullo, me imagino que esbozaba una satisfacción al considerarme el “representante mejorado en continuidad de la estirpe de Juárez Toscano”, a través de su primogénito con ese hermoso vástago de cabello dorado, él sería quien lograría extender las glorias de sus padres, Fermín y Alberta. Como que eso se fragua en las mentes de nuestros padres, cuando somos pequeños. Algo así, similar en casi cualquier cultura, forjan dentro de nuestro subconsciente un esquema a seguir. En mi mundo, era bastante simple la situación; mi padre fue un ser impactante por varias razones: físicamente era muy blanco, rosáceo, ojos azules claros, altura considerable mayor al 1.92 metros (jugó para los Pumas de la Universidad en la posición de ala abierta) y se convertía en un inolvidable para las vidas de todos aquellos que lo conocieron. En público tenía un trato personal para cada quien, y se puede decir que era afable hasta con los desconocidos siendo humilde y compasivo; reconocía a los actores famosos de inmediato cuando los veía en algún restaurant, tiendas o espectáculos, en el cine o teatro, en eventos públicos; los albañiles eran sus compadres, secretarios de estado también convivieron y disfrutaron juntos por su trato exageradamente cordial. Como publi-relacionista su labor llegaba hasta diplomáticos de alto rango entre varios prestigiados políticos, gobernadores, militares y empresarios. Esto le ganó una gran reputación en cualquier medio donde se presentara. Tocaba muy bien el piano, cantaba entonado y si no se sabía una melodía, la sacaba en el piano con los acordes que le dictaban. Le gustaba bailar y lo hacía bien, con ritmos muy variados desde un vals hasta las cumbias.

Regreso al vórtice en mi viaje subliminal. Me fui acercando poco a poco a manera de un espectador-espectro dentro de un teatro, percibí un cráter de dimensiones mayúsculas; estaba observando todo lo que sucedía cómodamente desde una butaca imaginaria, casi flotando; era un gran horno de fuego, un enorme crisol hirviente dentro del cual, una masa incandescente multicolor rotaba constantemente. De primera instancia desconozco lo que funde, solo llamaradas bajas en púrpura, naranjas, amarillas y ocre, leves borbotones en un gran caldero que giraba en el sentido opuesto de las manecillas del reloj; impulsado por bestias humanas, gigantes enormes que hacen girar la rueda en ese sentido opuesto y mantenían la llama incandescente. El fuego eterno, diría mi consciencia.

“Es muy simpático el niño”, decían los mayores. Platicaba con todo el que se dejaba cautivar por su mirada; constructor y comunicador de mil historias, narrador nato del experimento de ser admirado a su edad, no con pretensiones de alguien que no era, sino con naturalidad; cualquiera que lo conocía tenía que hablar con él en alguna ocasión; como un oráculo o imagen sagrada; eso sí, con sus obligaciones ya dictadas por el padre y la madre; podría asegurar que esos dotes de amabilidad, cortesía o carisma como algunos le llaman, no eran sus únicas cualidades. Los padres ambos primogénitos de sus familias y ejemplo para sus hermanos, era una labor impuesta por el destino. Provenientes de diversos extractos económicos cada uno, áreas de la capital con una integración solo reconocible por el habitante  del rumbo. Sus aspiraciones y ambiciones, los íconos de la época. La imagen del triunfo. Todo ese mundo que rodeaba la parafernalia de la mitad del siglo XX y lo que provocaron en su personalidad.

Eran cíclopes gigantes investidos en trajes parcialmente cubiertos por armazones de piel y metal como una coraza o armadura, un chaleco de cuero y estoperoles enormes protegiéndolos de los chispazos que súbitamente expulsaba el crisol sin dirección definida. Sus cabellos eran rojos y largos, cascos de vikingo brillantes en determinadas áreas para cada uno de ellos, y con marcas de choques espaciales. Pude percibir mirando por detrás de sus espaldas que enormes centellas que saltaban del perol caían sobre sus brazos, marcados por las cicatrices sobre sus cuerpos, que protegidos parcialmente de las articulaciones con estas corazas unidas a través de piezas metálicas, antropomórficas, monumentales para brazos y piernas, hacían una labor poco eficiente; un casco, visera y peto de metal opaco, gris, pedazos de piedra fundida incrustados por todos lados, proyectiles lanzados desde el interior del perol, al impacto con el metal. Estos gigantes monumentales se movían despacio haciendo girar con su fuerza al eje del crisol; sus manos-garras empujaban unos inmensos troncos de sequoias con fuerza infinita hacia adelante, impidiendo descanso al fuego que se generaba desde lo más profundo, fundido en una masa de colores cálidos del centro hacia fuera. Me encontraba virtualmente a unos cinco metros de estas bestias humanoides de enormes proporciones que cuando daban un paso se cimbraba la tierra. Mi cuerpo seguía sintiéndose etéreo, solo vibraba con cada paso de gigante.

 

Continúa.

 

Yo siempre que podía, andaba detrás de él como sombra pequeña… Si él se distraía de mi presencia, podía lanzarme con la parte media de una de sus enormes piernas o nalgazo sin querer, a la zanja para una cimbra, a un costado de nosotros, como sucedió en varias ocasiones, a esa franja recta que le había sido extraída la tierra oscura de las zonas húmedas, casi tropical, con vegetación exuberante, abriendo los huecos, preparando el espacio para un vaciado de arena, grava, cemento, fierro, sudor, horas de trabajo, construyendo casas, calles, desarrollos urbanísticos, con el ingeniero. Las caídas eran sorpresivas  y los golpes alcanzaban varios niveles; había desde el pisotón o el manazo de exhaltación cuando hablaba hasta al empujón de nalga que, sin manera de controlar mi caída por la fuerza del impacto me hacían perder la vertical cayendo al fondo del enorme hoyo, teniendo en consecuencias múltiples posibilidades. Está claro que existe una diferencia entre 25 y tres años en cuanto a peso, créanmelo; después de varios aterrizajes forzosos dentro de un boquete en el suelo, entendí que no era la manera de estar cerca de él. Y mi madre también lo prohibió, dadas las condiciones en las que llegué a la casa en no más de tres, no muy maltratado pero sí totalmente embarrado de lodo.

 

Eran cíclopes bestiales investidos en trajes parcialmente cubiertos por armazones de piel y metal unidos con cueros como una coraza, una armadura protegiéndose de los chispazos que súbitamente expulsaba el crisol sin dirección definida; sus cabellos eran rojos y largos, los que descendían por los lados de su cabeza, cascos estilo vikingo para cada uno de ellos, brillantes en algunas secciones y con marcas de choques espaciales.

Pude percibir mirando por detrás de sus espaldas que las enormes chispas que saltaban del perol caían sobre sus brazos, marcados ya por las cicatrices en sus cuerpos semi protegidos de las articulaciones por las corazas de cuero unidas en piezas antropomórficas monumentales para brazos y piernas que hacían una labor parcial; un casco, visera y peto de metal opaco, gris, pedazos de piedra fundida incrustados por todos lados al impacto con el metal. Estos gigantes se movían despacio haciendo girar con su fuerza al eje del crisol; sus manos-garras empujaban unos inmensos troncos de sequoias con fuerza infinita hacia adelante, impidiendo descanso al fuego que se generaba desde lo más profundo, fundido en una masa de colores cálidos del centro hacia fuera. Me encontraba virtualmente a unos cinco metros de estas bestias humanoides de enormes proporciones, que cuando daban un paso se cimbraba la tierra. Mi cuerpo se mantenía etéreo.

Mi padre fue un ser excepcional sin duda alguna. Era la alegría de una reunión familiar donde todos querían tener contacto con él y con sus experiencias, relatos muchos de ellos, fantásticos pero reales. En la política y el trabajo dejó al principio guiarse por vacas sagradas para conocer el negocio. Y llegó a ser un asesor y consultor de los gobiernos del estado, conocía a los personajes de las diversas administraciones públicas de todos los niveles, presidentes municipales, fue secretario de estado, gobernadores, diputados y senadores, lo que le hacía muy popular y resolvía cualquier conflicto que el gobierno del estado tuviera, fuese o no de sus jurisprudencia. A sus hijos nos enseñó el difícil oficio de la diplomacia la cual aplicaba con cualquier persona, fuese del nivel socioeconómico que tuviese, ya que no distinguía ni excluía a ningún ser humano por condiciones de estrato social. Amigo de los peones y compadre de los pintores, herreros, carpinteros, ebanistas y plomeros; también de escritores famosos, políticos de renombre, modelos y artistas que nunca dejaría de saludar cuando se le presentaba la oportunidad, en el cine, hoteles, restaurantes o en la calle, simplemente les llamaba por su nombre, se acercaba a saludarlos de mano o beso, según el caso. Nunca desperdició la oportunidad de hacerse notar con las actrices famosas en su época, amante fanático de la belleza femenina.

El fuego murmuraba al rotar del perol a temperaturas que fundía rocas, peñascos o metales, todo lo que entraba en contacto con esa masa dentro de la gran olla se volvía un líquido viscoso amarillo, ocre, naranja, rojo, violeta. A pesar de mi estado etéreo podía percibir su energía, calor irradiante que podría quitar la piel con su sola cercanía.

Al acercarme convertido en un ser etéreo flotando entre los gigantes vikingos y el fuego, pude percibir unos lamentos que se escuchaban de vez en vez. No había cuerpos, solo entendía palabras que eructaban de burbujas con gas incandescente emergiendo de una lava espesa indiscriminadamente. Brotaban como gemidos, algunas que pude percibir fueron crimen, voracidad, avaricia, engaño, odio, egoísmo, flotando hacia lo alto de la caverna, desvaneciendo en el aire y dejando salir su pecado.

 

 

 

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