Inicio NovelaLibro La Mirilla 32- Te vas diluyendo

32- Te vas diluyendo

por FerJCano

 

Te vas diluyendo, poco a poco.

De lo que quedaba entre nosotros solo los recuerdos se mantienen, qué recuerdos. Tu rostro singular, rostro de caminos andados y vidas pasadas, de mil años. Tu frente amada, puerto de mis ilusiones, ojos negros vivos cambiantes, desnudos en mi corazón. La viveza de tus expresiones ha quedado impregnada en mi corazón siendo las huellas más adheridas, gozadas todas a plenitud. No cesan los deseos de tenerte entre mis brazos, pendiente de estos signos vivo ahora, sin embargo, solo son deseos de uno solo.

Como el agua entre las manos que no se detiene y se cuela entre los dedos, el humo de una chimenea dispersándose en el aire, que proyecta su calor más allá de sus llamas, como todo aquél que recuerda su infancia llena de experiencias agradables y llenas de amor, de sus padres, de sus amistades, de una novia ilusoria que alguna vez deseó, así te percibo ahora. Eres mi pasado lleno de presente, eres la vida que pasa y no se detiene, las nubes que con velocidad asombrosa pasan dejando su recuerdo en mi mente, la forma, el estilo y estructura. Inusual y únicas, dignas de admirar y para no olvidar. Del cielo propietarias, de ese azul maravilloso que admiramos siempre, que nos atrae, nos aleja de este mundo para lanzarnos al espacio sin fronteras, aquel sitio del cual venimos y que nos es tan familiar cuando estábamos juntos.

De tu cuerpo, queda todo. Suave y terso, no preciso pero si precioso. Joven por su reclamo de amor digno, tierno, lleno de verdad y sincero. Desafiante por su estirpe y origen, calmado y excitante cuando lo deseabas, que era en el momento ideal. Acabo de recordarlo en este momento como hace un año. Gozamos de amor frenéticamente hasta descubrirnos más humanos de lo que nos sabíamos, pensábamos que el estar solos, era de por sí una experiencia de vida digna de aceptar, acariciar, desear, responsabilizarse de nuestro ser para dar a los demás. Ser felices con lo que somos y tenernos para que la generosidad nos sobrecoja por sorpresa y decidamos darlo todo, lo posible. Lo que esté a nuestro alcance y bajo ninguna premisa. Solo por sentirnos bien.

No me he olvidado de ti, eres como la hiedra que se adhiere al árbol, al muro que solo está para que lo tome, cuando ella lo decida.  Esa piel que recubre al cuerpo ajeno. Benditos los abrazos de pasillo, los de compasión, de embriaguez amorosa desbordada, de bienvenidas y despedidas, que tantas veces me envolvieron y me hicieron sentir el hombre más dichoso del universo.

Si te has de ir, hazlo a tu manera, déjalo como el destello luminoso del cometa, el que solo pasea una vez cada siglo o milenios esparciendo bendiciones en todas direcciones, con el sabor de boca que tanto te permeaba, te consumía en fuego y no sabías si disfrutarlo o sufrirlo. Hazlo al amanecer cuando el rocío todavía cubre las flores y no se percatan de que ha salido el sol, de que es un nuevo día y así sucede.

Si acaso me preguntas alguna vez, qué es lo que yo quiero, es saber por qué motivo decidiste alejarte de tanto placer, de tu alma gemela, de un amor sin límites ni retrasos, puntual e intenso, de aquel que solo con pensar en ti, sabría que estabas ahí, adentro, sin descanso ni tregua para respirar, eso se lo dejo a los mortales.

Sé que tu libertad te reclama, pero nunca la has dejado, siempre tuviste tu espacio para ir y venir, ser quien eres nunca fue ni será, cuestión para evaluar o juzgar. Eres quien seas, serás por siempre mi Zahír.

Mas los caminos se bifurcan y nuestras vidas siguen por destinos insospechados. Quién sabe si se vuelvan a encontrar con la misma intensidad diáfana del que lo entrega todo. La vida es, como un manantial que lleva sobre su fluidez los cuerpos de dos hojas que se tocan para alejarse después con la fuerza de la inercia, sabiéndose satisfechos con haber conocido la verdad del amor. “Tocándose de nuevo” no es un valor sino un deseo profundo de compartir lo que tanto nos gusta hacer, mirar el tiempo que pasa, dar un paso sin temor a caer, tomar café en cualquier punto de la ciudad.

Y, aunque te vas diluyendo, poco a poco, como el agua que se cuela entre los dedos o la lluvia que pasa incansable, el humo de la chimenea que nos dio calor, las noches que hablamos sin cesar de nuestras vidas, como la exacta visión del arcoíris que me cautiva cada vez que se hace presente por un instante, al aroma sutil de las rosas blancas, al paso de las nubes efímeras con sus abstractas formas, sé que estuviste aquí. Respiro tu perfume perpetuo integrado a mi ser. Divinas, mágicas horas de ilusión que me provocan tu recuerdo y la gratitud que nunca pude expresar, desdeñan el reencuentro por considerarlo inútil. Pero si quiero, te veo claramente, sentada en una silla del comedor, con tu pierna cruzada, apoyada en tu mano, desnuda de pies a cabeza y sonriendo enigmáticamente, esperando a que me acerque, y lo hago. Solo por recordar lo que fuimos, que somos diferentes ahora, más sabios y nos sabemos pertenecientes de una llama que no se apaga.

Regresa. Porque nuestras vidas se escapan. Como el agua que fluye entre las manos.

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